domingo, 17 de febrero de 2008

Soy una persona de exito

Soy una persona de éxito. Tengo una familia que me quiere y me admira. He concluido dos licenciaturas, y espero tener un doctorado en algunos meses. Soy inteligente, joven, sana, guapa y atractiva. Gano el suficiente dinero para vivir en un bonito piso y poder darme algún capricho. Tengo un amplio círculo de amistades y siempre hay algún plan por hacer. En contraposición a todo esto mi vida amorosa es un fracaso. Mis pocas relaciones las han terminado siempre ellos y el resto de los escarceos me han resultados insípidos. Casi todas mis amigas tienen relaciones estables pero yo no logro establecer ninguna a pesar que nunca he sido infiel, ni me he comportado de manera inadecuada con nadie.
Mi última relación finalizó ayer. Bueno realmente no era una relación, sino era “algo”. Lo cual tiene nos definiciones; la suya: nos vemos en tanto en tanto, porque él no está enamorado y no quiere hacerme daño. La mía: nos vemos en tanto en tanto porque yo estoy enamorada y no me importa el daño que me haga. Ese “algo” perdura desde hace más de un año, en ese tiempo yo he sido fiel sin que lo tuviera que ser y él no lo ha sido pues no tiene porqué serlo. Pero la situación se ha vuelto tan insostenible que ayer le envié un último sms diciéndole que el “algo” se había acabado (es la tercera o cuarta vez que se lo digo en este año). La situación era ciertamente dramática para mí, pues a pesar de estar en mi trabajo apenas pude reprimir una lagrimilla. Aunque también tuvo una cierta parte cómica, en el momento en que yo apretaba la tecla de mi móvil para enviarle mi último sms, un chico nuevo de mi trabajo, al que no había visto nunca, intento entablar conversación conmigo, olvidando por un momento que estábamos en un centro de investigación por lo que tal parecía que estábamos en la barra de un bar. El “algo” no respondió a mi último sms y yo ya ni recuerdo la cara del chico nuevo.
Como soy una chica práctica donde las haya me he pasado en fin de semana disfrutando de un derecho que todo ser humano tiene; autocompadecerse. Para llevarlo a cabo es imprescindible que estéis solos en casa. Comienza el viernes por la noche, cuando llegáis a casa. Muy importante que en ese momento uno empiece a pensar que es el ser más desgraciado del mundo, y para más inri que el resto de las personas son inmensamente felices. Se debe mirar el móvil repetidas veces y cada vez pensar que nadie se acuerda de nosotros, que todo el mundo tiene sus planes, su vida y nosotros no tenemos sitio en ella. Hay que cenar poco y mal. Poner algún programa televisivo mientras consultamos el correo y volvemos a pensar que nadie nos recuerda. Te vas a la cama a dar unas cuentas vueltas, hasta que al final optas por tomarte unas valerianas o un lexatin si se tercia. El sábado te levantas fatal, con la lagrima asomándote en el ojo. Te duchas pero nada de lavarte el pelo que te estas autocompareciendo. La tarea de ir al super te parece la más grande que jamás se haya encomendado a nadie. Después de mil vueltas por casa, un chándal viejo y estirado te decides a bajar y hacerle frente a las viejas y sus carritos. Lo peor de salir a la calle es que igual ves una parejita que se comen a besos y es entonces cuando piensas que las leyes retrógradas de algunos países acerca de las relaciones entre hombres y mujeres no están tan mal y debería incluirlas ZP en su próxima legislatura. El resto del sábado lo pasas en casa. Es un buen momento para poner música estilo “La quinta estación” o “Fito y los fitipaldis” te ves reflejada en casa una de las canciones. Al final de la noche del sábado te duermes con los kleenex en la mano. El domingo más de lo mismo, solo que ahora lloras mientras limpias el baño o barres la cocina. Ya de tarde empiezas a pensar que autocompadecerse es un poco rollo, gastas demasiados pañuelos y además te apetece lavarte el pelo. Te acuestas pensado que vaya pérdida de fin de semana que estas harta y que el próximo me voy a correr una juerga tremenda… al fin y al cabo vuelvo a estar en el mercado.

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